1. Marco histórico y religioso de su época
El establecimiento de los antepasados visigodos
de Hermenegildo en la península Ibérica, tras ser expulsados de su reino de
Tolosa en los primeros años del siglo VI, supuso para la sociedad hispanorromana
–más culta y en su mayoría católica– una seria convulsión y no poco sufrimiento
de imposiciones políticas, sociales y religiosas nacidas al socaire de la
doctrina herética propugnada por Arrio dos siglos antes y seguida por obispos
influyentes que, corno Ulfilas, la habían predicado y propagado entre los
visigodos, y con la que lograron influencia y favor de la Corte frente a los
católicos. El arrianismo –totalmente implantado ya entre los visigodos a finales
del siglo V– se impuso así como la doctrina oficial del entorno cortesano
frente a la tradición popular, eminentemente católica, defendida por unos
pocos obispos que mostraron una reciedumbre extraordinaria y no cejaron en
su empeño por mantener la auténtica fe en Jesucristo, Dios y hombre verdadero.
A la larga, estos serían los que lograrían la conversión de la Corte y del
pueblo visigodo y, por tanto, la desaparición del arrianismo en Hispania,
ya a finales del siglo VI, con Recaredo y el III Concilio de Toledo.
En este contexto, y en razón de su origen
familiar como hijo de reyes, está claro que en la vida de Hermenegildo no
podían faltar los episodios de lucha interior por la fe y de auténtico combate
con el mundo cortesano para preservar sus convicciones más profundas y no
doblegarse a ninguna pretensión de cambio, viniera de donde viniera, incluida
la figura regia de Leovigildo, su propio padre.
Los antecedentes inmediatos de esta situación
de pugna político-religiosa los encontramos ya a comienzos del siglo VI cuando
Clodoveo, rey de los francos convertido desde sus creencias bárbaras al catolicismo,
se enfrentó a Alarico, rey godo y acérrimo arriano, que mantenía una actitud
claramente beligerante frente a los católicos, en especial frente a su clero,
tal como muestra de forma irrefutable su código del año 506.
A partir de la derrota y expulsión de Alarico
de la antigua Galia, comenzó a producirse la llegada masiva, pero escalonada,
de los visigodos a la Hispania romanizada, culta y católica, durando las oleadas
hasta casi mediado el siglo VI. La mayor parte de los nuevos inquilinos (seguramente
en número no superior al cuarto de millón) se instaló en las tierras fértiles
de la Submeseta Norte, mientras las familias de mayor poder y la Corte se
hacían itinerantes con instalaciones temporales en las ciudades más importantes
(Barcelona, Sevilla, Mérida, etc.), hasta que encontraron el definitivo aposento
de la capital en Toledo.
Con esta distribución de fuerza social y las
formas diferentes de práctica política y religiosa de dos pueblos distintos,
no fue difícil encontrar puntos de fricción y motivos suficientes para frecuentísimos
enfrentamientos entre autóctonos y foráneos, entre facciones de unos y de
otros; sin faltar truculentas alianzas –según el caso y el momento– que no
hacían sino encender los ánimos, mientras los vividores de siempre se ponían
"al sol que más calienta". Incluso altos cargos eclesiásticos de
las dos iglesias (arriana y católica) apoyaron o se opusieron, según la ocasión,
a la opción política vigente o al rey de turno. Entre ellos,
unas veces se dedicaban a zaherirse e incluso otras a intentar la conversión
del adversario y ganarlo para su fe. No pocas veces, sobre todo por parte
arriana, la decisión final era la de eliminar al otro con la condena a muerte
y su ejecución.
El odio político y religioso y la ferocidad
de los planteamientos enconaban así los ánimos, y el ambiente se hacía especialmente
virulento en los ataques arrianos a todo lo católico, unas veces por conveniencia
política y otras por el ofuscamiento religioso.
En este ambiente de toma y daca en defensa
de las respectivas posiciones, esa especie de racionalismo sincrético que
impregnaba la fe arriana, empecinada en negar la condición divina de Jesús
de Nazareth, no tardó en suscitar una larga serie de intrigas, luchas dinásticas
y magnicidios (en menos de 30 años se sucedieron cuatro asesinatos regios:
el de Amalarico en el 531, el de Teudis en 548, el de Teudiselo un año después
y el de Agila en 555). Intrigas y luchas a las que no pudo sustraerse ni el
tiempo ni la persona del propio Hermenegildo, envuelto finalmente en el enfrentamiento
con su propio padre, el rey Leovigildo, sucesor de su hermano Liuva, quien
a su vez lo había sido del hermano mayor de ambos: Atanagildo.
2. Breve reseña biográfica del santo.
Si nos atenemos a la fecha aproximada que
algunos dan (sin certeza) a su nacimiento, san Hermenegildo tuvo una vida
de no más de veinte años, pero plena de hechos heroicos y madurez espiritual.
Fue hijo mayor del rey visigodo Leovigildo,
y se apunta que pudo haber nacido en Sevilla hacia el año 564 de nuestra era.
En 579, cuando contaba sólo 15 años, Hermenegildo
casó con la princesa Hingunda (católica), hija del rey Sigiberto de Reims
y de Brunequilda (a su vez hija del rey Atanagildo), por acuerdo entre sus
padres, que continuaron así la política de pactos matrimoniales –con fuertes
lazos endogámicos– seguida por los visigodos. Esto explica que a Leovigildo
no le importase mucho la condición católica de su nuera; la propia genealogía
inmediata del santo lo aclara, según el siguiente esquema:
Genealogía
de san Hermenegildo
Nota: Este esquema vendría a demostrar
que parece infundada la invención que hacen algunos autores del siglo XIX
(como Don Modesto Lafuente) de Teodosia como madre de san Hermenegildo y hermana
de los santos Leandro, Isidoro, Fulgencio y Florentina.
Una vez casados, el rey Leovigildo lo envió
a Sevilla como delegado suyo o rey asociado de la Bética (como tal acuñó moneda),
para seguir la política continuista que afianzara el poder de la familia real
como ostentadora de la monarquía. Por eso, también asoció al gobierno del
reino a Recaredo, si bien dejándolo con él en Toledo.
Al poco, fue trasladado a Tarragona, donde
permaneció custodiado y vigilado por el conde Sisberto, hasta que el día 13
de abril del año 585 fue pasado a cuchillo por
negarse a recibir la comunión de un obispo arriano, enviado como última prueba
para su arrepentimiento por el exasperado Leovigildo.
Según la tradición, durante la dominación
musulmana de la ciudad hispalense la cabeza pudo salvarse del ultraje y fue
depositada en Zaragoza. De igual modo, la tradición más antigua afirma que
ciertas reliquias custodiadas en diferentes puntos de España formaron parte
del cuerpo de nuestro santo patrón. Algunas de las más importantes se conservan
en Ávila, Plasencia, Sevilla (donde se hace fiesta de su memoria y recibe
culto especial). También en nuestra propia parroquia se conserva una esquirla
de hueso, procedente de El Escorial, cuya autenticidad y entrega se certificaron
el día 10 de febrero de 1980; reliquia que se expone y venera anualmente el
13 de abril. Todas ellas, por tanto, formaron parte del cuerpo de nuestro
santo patrón.
En efecto, no hay duda que la cabeza estuvo
en la iglesia mayor de Zaragoza hasta finales del siglo XII, fecha en que
la reina doña Sancha, hija de Alfonso VII de Castilla y esposa de Alfonso
el Casto de Aragón, ordenó su traslado al monasterio de Sigena (Huesca); un
monasterio que ella misma había fundado para albergar la comunidad de religiosas
de san Juan de Jerusalén (sanjuanistas) y a las que encargó la custodia de
la reliquia.
Tras diversos avatares, la reliquia de Sigena
fue trasladada al monasterio de san Lorenzo el Real de El Escorial por orden
de Felipe II, quien solicitó en 1585 –milenario del martirio de san Hermenegildo–
la confirmación de santidad al papa Sixto V, a lo que accedió éste, autorizando
su culto.
3. Del testimonio al martirio.
No faltan quienes han querido ver
en la actitud irreductible de defensa
de su fe y en los enfrentamientos con su padre, una conducta de rebeldía y
apetencias de poder por parte de Hermenegildo. Pero la verdadera realidad
histórica lo que plasma es una enorme fortaleza de espíritu en el joven príncipe
para no doblegar su fe a los planteamientos políticos del irrefrenable deseo,
por parte de Leovigildo, de conseguir la hegemonía goda (por tanto arriana)
frente a la influencia de la población hispano–romana (católica).
Y una clara muestra la tenemos, tanto en los
numerosos momentos en los que rehuyó la lucha para combatir a su padre, como
en sus muestras de cariño y respeto al rey Leovigildo. En efecto, si damos
por auténticas las cartas publicadas por algunos autores (Troncoso y Croisset
entre otros), quedaría demostrado con creces lo que hemos apuntado anteriormente,
pues la correspondencia epistolar que ambos mantuvieron evidencia la elocuente
agresividad y el tono amenazante de Leovigildo, mientras la amargura y el
pesar se adueñan de Hermenegildo, quien lleno de ternura y respeto, no tiene
más remedio que acorazarse de energía y valor en la fe para contestar al rey.
Para Leovigildo, lo primero es el poder y
la grandeza temporal; para Hermenegildo, antes que nada, incluido su padre,
está su Dios y Señor, en cuyas manos y designios pone todo su ser. Se manifiesta,
por tanto, su vocación martirial en estos testimonios y no hay más que leerlos
para constatar lo dicho.
Según la trascripción de Croisset, Leovigildo
escribe:
«Hijo mío, más quisiera hablarte que escribirte;
porque si te tuviera a la vista ¿qué podrías negar a lo que te pidiese como
padre y te mandase como rey? Te traería a la memoria las muchas y grandes
señales que te he dado del tierno amor que te profeso, de las que sin duda
te has olvidado desde que ascendiste al trono, donde te coloqué yo mucho antes
que pudieses tú pensar en ocuparle. Esperaba tener en ti un compañero que
me ayudase a conservar el florido imperio de los godos en el estado en que
se ve hoy por mis victorias; pero nunca soñé pudiese llegar el caso de encontrar
en la persona de un hijo mío un enemigo más peligroso que todos los que he
vencido. No te contentas con que yo haya partido contigo mi corona; quieres
reinar solo y, a este fin, abandonando la religión de tus abuelos, has abrazado
la de los romanos que son los mayores enemigos del estado. No ignoras que
la nación de los godos comenzó a florecer desde que comenzó a ser arriana.
También sabes que ninguna cosa enajena tanto los ánimos y los corazones como
la diversidad de religión, y consiguientemente que nada pudiste hacer más
ofensivo para el mío como declararte católico. Acuérdate, pues, hijo mío,
que soy tu padre y que soy tu rey: como padre te aconsejo, y como rey te mando,
que vuelvas prontamente sobre ti y, restituyéndote, sin perder tiempo, a tu
primera religión, merezcas con tu pronto rendimiento mi clemencia. No haciéndolo
así, te declaro que me obligarás a tomar las armas, y en tal caso jamás tienes
que esperar misericordia».
Señala Troncoso que ante aquella misiva cargada
de autoritarismo e intransigencia, la respuesta del futuro mártir y santo
no dio lugar a la componenda o el equívoco:
«Agradecido, señor, como el que más a vuestros
beneficios, confieso que han excedido a mis merecimientos. Nunca la negra
alevosía manchó mi corazón; siempre he correspondido y estoy dispuesto a corresponder
a vuestra bondad cual cumple a un hijo cuya primera gloria fue siempre el
respeto y reverencia hacia el autor de sus días. Sé muy bien lo que os debo
a vos como padre y como monarca de quien soy el más humilde vasallo, pero
tampoco ignoro lo que debo a mi Dios y Señor: suya es mi alma, suyo todo mi
ser; y antes que faltar a lo que mi conciencia me obliga, antes que abandonar
la religión católica, que libre y espontáneamente he abrazado con pleno convencimiento
de su veracidad, dispuesto estoy a perderlo todo, el cetro, la corona, y aún
la vida misma».
A la vista de la firmeza de Hermenegildo,
el intolerante Leovigildo cambia de táctica, pero no de intenciones, y hace
embajador de su mensaje a su propio hijo segundo: Recaredo, todavía abrazado
al arrianismo y baluarte de la política paterna. Tras el abrazo fraternal,
las palabras del rey, puestas en boca del hermano, no hacen más que acentuar
en Hermenegildo la certeza de su llamada al martirio cuando se encontraba
huido y refugiado en una iglesia de Córdoba. Así lo corroboran sus emocionadas
palabras, recogidas asimismo por Troncoso:
«No se trata ya en este momento, le dice Recaredo
en nombre de su padre, de un asunto de religión: se trata únicamente de una
manifestación filial de rendimiento al que te diera el ser. No receles en
arrojarte a los pies de quien para perdonarte sólo espera pronuncies una palabra
de humilde sumisión. Con los brazos abiertos te ofrece su seno y el olvido
de lo pasado; no malogres pues la ocasión de hacer tu propia felicidad».
Es muy probable, por tanto, que entre las
palabras del padre-rey y el beso del hermano, Hermenegildo tuviera ya la certeza
de la experiencia de Jesús en Getsemaní y la hiciera suya. Por eso no dudó
en salir en compañía del hermano al encuentro con su padre, quizá intuyendo
la traición que le esperaba y el sacrificio al que se sometía.
En efecto, al llegar a presencia de su padre
no debió de sorprenderse demasiado cuando Leovigildo había ordenado ya que
le despojaran de todas sus dignidades regias y le ingresaran en una lóbrega
prisión de Córdoba, ciudad a la que había llegado en 584 huyendo de Sevilla
y en la que había logrado anteriormente refugio en una iglesia. Tampoco debió
de causarle sorpresa su traslado a Tarragona para tenerlo lejos del ámbito
de su influencia y asegurar su cautiverio. Aquí, en Tarragona, soportaría
la última trampa de su padre, la última tentación que le proponía liberarse
del tormento y de la muerte.
Como siempre en el quehacer del Enemigo, el
mal se presenta disfrazado de bien: a Hermenegildo se le invita, cuando más
dolorosa se le hacía la estancia en su celda, a recibir la comunión de manos
de un obispo arriano; pero él no cayó esta vez en la sutileza y se negó en
rotundo, increpando al ministro hereje. No necesitaba más ni mayores argumentos
Leovigildo para dar la orden parricida. Y el día 13 de abril del año 585 la
espada o el hacha (no hay certeza del arma utilizada) cercenaba la cabeza
de Hermenegildo y la adornaba con los atributos del martirio y de la gloria
en Jesucristo, el Rey del tiempo y de la historia.
La juventud recién nacida de tan sólo unos
veinte años de vida se transformaba así en santidad imperecedera por la fuerza
de la fe en el modelo de Cristo, muerto y resucitado. Había muerto Hermenegildo
pero había nacido san Hermenegildo, un nuevo ejemplo de cristiano auténtico,
digno de imitación por todos y, muy especialmente, por esta parroquia que
él desea viva y ardiente en la fe de Jesús de Nazaret, y bajo cuyo patronazgo
se mueve y desarrolla.
De igual modo, para su tiempo, lo que aparentemente
era el fracaso final de Hermenegildo con su muerte, se transmutaba en triunfo,
pues al año siguiente –586– Leovigildo moría en olor de conversión, aunque
fuese secreta, y su hermano Recaredo declaraba oficialmente la suya. Poco
después, el propio Recaredo convocaba el III Concilio de Toledo y declaraba
en él al catolicismo como religión de todas las tierras hispanas. Acababan
de ponerse los cimientos definitivos para el desarrollo, hasta hoy, de una
España católica.
La sangre joven derramada por la Verdad de
Cristo, Dios y hombre verdadero, glorificado en igualdad con el Padre y el
Espíritu Santo, separaba ¡por fin! la cizaña del arrianismo de la Verdad sembrada
en los corazones visigodos hace más de catorce siglos.
4. Un modelo para nuestro tiempo
Como testigo de la verdad y la seriedad de
la fe, san Hermenegildo se levanta ante nosotros para recordarnos que hemos
de vivirla en su integridad y con todas las consecuencias, dispuestos a dar
la vida si fuera necesario por defenderla de cualquier intento de manipularla
o atacarla. Él, que dio su vida por lo que hoy muchos considerarían una cuestión
terminológica sin importancia, nos descubre que sólo merece la pena vivir
por aquello por lo que estamos dispuestos a morir. La vida cristiana no puede
definirse desde cualquier perspectiva ni construirse como un conjunto de opiniones
más o menos cambiantes; es algo que nos viene dado por la revelación y la
tradición de la Iglesia y constituye nuestro patrimonio más sagrado. Detrás
de lo que muchos sólo ven fríos conceptos está la vida divina que fluye en
la humanidad como gracia salvadora, algo por lo que los mártires han comprometido
su vida hasta derramar su sangre.
Un príncipe que antepuso a la corona real
y a la propia vida la fidelidad a la fe católica, debería ayudarnos con su
ejemplo a dar prioridad a las cosas de Dios frente a los embates del materialismo,
y tendría que servirnos de estímulo para aprender a ser amorosa y estrictamente
fieles a la fe que profesamos.
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